lunes, 7 de septiembre de 2009

Dos son compañía (IV)


A la mañana siguiente nos levantamos tarde. Despues de una hora de charla, sentados en el sofá de mi casa, acabamos abrazados durante un larguísimo rato. Cuando nos levantamos, te pedí que continuaras haciéndolo. Me gusta sentir tus brazos rodeándome con fuerza, mientras nuestros cuerpos se mantienen pegados, de frente. Posiblemente porque sea lo más próxima que me dejas estar a ti.

Aquel abrazo fue especial, muy especial. Nos estábamos sujetando con fuerza, cadera con cadera, y tú comenzaste a temblar como un niño, entre mis brazos. No sé de donde saqué la fuerza, pero finalmente logré separarme de ti. Sentía que, con toda probabilidad, aquel sería nuestro último abrazo en este viaje.

En un momento concreto, me dijiste que pensabas que te sentirías mal cuando estuviéramos con Fabio, y me lanzaste una pregunta que yo malinterpreté:

- ¿Tú no sentirías mal si estuvieras en mi lugar?
- Claro que si, me sentiría mal porque siento algo por ti (los ojos me brillaron al pensar que podía referirse al hecho de sentirse celoso)
- Me refiero a que posiblemente me sienta incómodo, cortado, cuando esté con él.
- ¿Pero si no sientes nada por mi, y no has hecho nada de lo que debas arrepentirte, por qué deberías? ¿No debería ser yo la que me sintiera mal por sentir algo por ambos? (de nuevo, me había sentido decepcionada por su respuesta. Se había limitado a decirme que se sentiría incómodo por la situación. Pero no me parecía justo, teniendo en cuenta que: a) ni siquiera nos hemos besado y b) supuestamente él no busca una intencionalidad sexual en nuestros encuentros, así que, ¿por qué preocuparte o sentirte culpable?)

¿De qué deberías tú sentirte culpable si tienes claro que no ha pasado nada entre nosotros?

Porque yo solo me sentiría cortada si sintiera algo por la otra persona, si sintiera que hay algo especial entre ambos…

Dimos por zanjado el tema, almorzamos juntos y salimos de vuelta para mi tierra, punto de partida de nuestro viaje.

Fue una jornada tranquila, muy agradable. Yo había dado por cerrado el asunto de la noche anterior y los dos estábamos tranquilos, así que lo pasamos realmente bien.

Incluso te hablé de mi blog (obviamente no te dije que escribía sobre ti, sobre nosotros)… Eres informático, así que me pediste permiso para buscarlo, como si fuera un reto. Por supuesto, te dije que no, a pesar de que estuviste insistiendo como pocas veces.

Decías que podías encontrarlo, sin ninguna información, en menos de una hora. Yo me reía, y te decía que no me lo podía creer. Así estuvimos jugando un rato, hasta que, finalmente, te pedí que, bajo ningún concepto, intentaras buscarlo.

Creo que, en ese sentido eres un hombre de palabra y sé que no lo harás. Porque de no ser así este blog habría desaparecido.

Durante el resto de la velada nos comportamos como dos amigos, charlamos y reímos hasta que llegó la noche. No volvimos a hablar sobre el viaje que nos esperaba.

Al llegar al hotel cada uno se metió en su cama, y dormimos hasta el amanecer.

Empezaba una nueva etapa.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Dos son compañía (III)


Tres.

Durante el rato que siguió acabamos retomando las caricias, y tú acercaste tu rostro al mío. Como tantas otras veces, pensé que por fin ibas a besarme... Cuando quise darme cuenta tus labios estaban dolorosamente cerca de los míos, sobre ellos, levemente separados tan solo por la suave longitud de tu barba, por un par de milímetros. De ahí al cielo... O al infierno.

Pero no pasó nada más. Nos quedamos así durante un rato eterno, infinito, silencioso salvo por el batir de mi sangre, que me perforaba los oídos. Finalmente fui capaz de mover mi boca con suavidad, ansiosa por sentir el roce de la tuya. Fue un contacto rápido, fugaz, interrumpido por el movimiento de tu cabeza al apartarse. Y el maldito silencio.

Y de nuevo, tu particular coreografía. Lo recuerdo con una nitidez lacerante: acercas tu boca a mi mejilla, lo suficiente como para hacerme creer que es un modo de intentar vencer algo y besarme, pero permaneces cerca, demasíado cerca, sin hacer nada más. En esta ocasión no intento nada, y me limito a disfrutar de tu cercanía.

A menudo pienso en las razones por las que haces –y has vuelto a hacerlo- eso tantas veces. Ese aparente acercamiento -que en cualquier otro hombre sería evidente, para besarme-... Colocar tu mejilla, tus labios quietos sobre mi hombro. Levantar la cabeza una y otra vez, aproximarte y alejarte infinidad de veces, para ir subiendo gradualmente con tu rostro hasta acercarlo al mío, mejilla con mejilla. Y luego, nada.

Tan solo un recordatorio infinito del recorrido que yo misma hice para dar mi primer beso.

Me pregunto por tus razones... Me pregunto si en realidad lo deseas y algo tremendo te frena, me pregunto si lo haces en un intento infructuoso de darme a mi lo que necesito aunque no sea lo que tú quieras, me pregunto si lo bloqueas porque yo estoy cerca, pero al mismo tiempo lejos de ti, me pregunto si en realidad es el último propósito que tienes en mente... Me pregunto si, ciertamente, es posible que puedas buscar y desear tanta intimidad conmigo, que puedas llegar a temblar como un niño cuando te abrazo, y que puedas realmente no desearme.

En realidad, me sigo preguntando tantas cosas...

Antes de que nos durmiéramos encontré por fin valor para decirte lo de Fabio:

- Al final viene Fabio al viaje. No era seguro, pero ya está confirmado.
- Yo ya sabía que era posible que viniera –comentaste, en tono tranquilo-
- ¿Habrías decidido no venir si lo hubieras sabido con seguridad antes?
- Es igual, no tiene importancia.

No volvía a insistir con nada más esa noche. Estaba cansada y deseaba dormir. Permanecimos abrazados en una de las camas, hasta que se hizo de día, pero creo que ninguno de los dos durmió demasiado.
Posiblemente, y siendo jocosa (lo digo con una sonrisa en la cara), también contribuyera el hecho de que fuese una cama de 70. Hay que ser masoquista, en todos los sentidos...

Al día siguiente apuramos en el hotel hasta última hora. Dimos una vuelta por el pueblecito –te apetecía verlo-, y salimos para almorzar en algún lugar, junto a la playa. Allí, y durante el largo recorrido en coche te hablé de mi problema con el tema médico. Nos conocemos desde hace mucho, y sé como funcionas. Pero a veces me sigue asombrando esa capacidad tuya para no preguntar por las cosas, aunque tengas muchísimo interés en ellas.

- ¿Sabes? Cuando nos vimos en el otro viaje esperé a que en algún momento me preguntaras cómo estoy, pero debo ser sincera y admitir que no me sorprendió que no lo hicieras.
- No me gusta preguntar sobre ciertas cosas, prefiero que sea la otra persona quién saque el tema si es algo que puede hacerle daño.
- Ya, pero no puedes esperar a que yo te diga “sabes, me siento mal. Por qué no me preguntas como estoy?
- A muchas personas no les gusta hablar sobre ello, y podrían sentirse mal al sacar el tema. A mi no me gusta la idea de que la otra persona lo pase mal o se sienta incómoda por mi culpa.
- Ya, pero la “otra persona” siempre tiene la posibilidad, si preguntas con discreción y cortesía, de cambiar de tema y decirte que no desea hablar, no?. Lo que no puedes es dejar que un amigo piense que no te interesas por él/ella. Si yo no te conociera, pensaría que no te importo.
- Yo no lo veo así.

Madre mía, qué marmolito!. No hay manera, confundes los límites y mezclas la idea de “invadir el espacio personal del otro” con la de “hacer una pregunta de cortesía, tantear al otro para ver como está y ver si desea hablar del tema”. Pero claro, con tan pocas estrategias en el bolsillo no me extraña que decidas callar.

Durante el trayecto en coche decidí contarte lo que me sucedía. Era un tema muy personal, muy privado, y aún hoy me planteo si hice bien, por lo que implica. Tú me escuchaste atento, e incluso tuve la impresión, como otras veces, de que en algún momento te sentías verdaderamente triste por mí. Escuchaste en silencio, con respeto y con atención, y me dijiste que te alegrabas de que te lo hubiera contado, que “no debía arrepentirme”.

Sé que en el fondo te lo conté porque necesitaba hacerte saber algo que se había quedado a medio decir en junio.

Finalmente llegamos a nuestro destino y encontramos un restaurante para comer a la orilla del mar. Para mi sorpresa, transcurridos diez minutos, aparecieron un grupo de italianas (de las típicas, todas monísimas, con veintipocos) que se sentaron a mi espalda, de frente a ti. Madre mía, como de idiotas nos volvemos a veces las mujeres! Os resulta tan fácil ponernos verdes de celos! Da igual lo inteligentes, maduras o libres que seamos. Todas, antes o después, caemos.

Así que pasamos la comida aparentemente tranquilos; tú, atento a la conversación de las chicas de tarde en tarde, y yo, para no ser menos, atenta a la conversación de la familia que tenía enfrente, mientras me preguntaba: “hay que joderse, ya es mala suerte. Mirar que ir a sentarse precisamente una panda de italianas… Seguro que alguna te ha gustado”.

Creo que esta claro quién salía perdiendo con las vistas, no?

Finalmente, después de un par de horas, nos levantamos para acercarnos a la playa, y a ti no se te ocurrió otra broma que hacerme, que mirar hacia ellas y decirme “ohhh, ya nos vamos? Qué pena!”. En ese momento te habría asesinado. Después de lo que había pasado la noche anterior, después de lo que te había contado esa mañana, después de haberte dicho que siento celos hasta de tu sombra me haces una broma así???

Pero nada, yo sonreí –como nos han enseñado a hacer a las mujeres- y te dije “bueno, si quieres puedes quedarte tú, claro”.

Al llegar a la playa yo me fui de cabeza al agua, y tú te quedaste a la sombra, tendido. Cuando tuve la certeza de que estabas dormido cogí mis cosas y volví a la terraza del bar, para tomarme algo y leer un rato. En esta ocasión fui yo la que se divirtió un poco, observando desde la distancia como te despertabas -pasado un rato- y me buscabas, probablemente acojonado al ver que mi bolso y yo habíamos desaparecido.

Finalmente acabaste por divisarme en la distancia –si te hubiera visto realmente preocupado te habría avisado. Llevaba las gafas de sol puestas y fingí que estaba leyendo y no te veía- y te quedaste tranquilo. Cuando volví, a los diez minutos, tú también leías tu libro.

- Ah, ya te has despertado! –dije yo, con la mejor de mis sonrisas-
- Si, hace un rato.
- Me fui para tomarme algo, y como estabas dormido, no quise despertarte. De todas formas, pensé que volvería antes de que espabilaras. Espero que no te hayas preocupado…

El resto de esa tarde, en la playa, fue un poco extraño (aunque a éstas alturas os preguntaréis: pues no es ninguna novedad entre vosotros, no?). Te pedí que me leyeras un fragmento de un libro, en italiano, que tú mismo me habías regalado en Francia. Me apetecía escucharte -tienes una voz agradable-, y quería volver a la normalidad, sin malos rollos.

En el libro se narra un episodio bastante duro, en el que uno de los protagonistas, siendo un niño, es violado por otro. Cuando me di cuenta de que te estabas acercando a esa escena, consciente de lo triste que es (he visto la película), te pedí que lo dejaras.

Me diste las gracias, te tumbaste en la toalla, boca abajo, y , para mi sorpresa, observé que empezabas a llorar, en silencio, con la cara oculta bajo una de tus manos.

Te miré durante un rato, y cuando encontré el ánimo suficiente para hacerlo te pregunté, con dulzura:

- Qué te sucede? Estás bien? Por qué lloras…?

Me miraste, de nuevo en silencio, y volviste a esconder rápidamente el rostro.

Cuando pasado un rato te incorporarte de nuevo, más sereno, te pregunté algo que me he preguntado a mi misma mil veces, mientras apoyaba suavemente mi mano en una de tus mejillas:

- Es que a ti te sucedió algo parecido alguna vez? Es por eso por lo que lloras?
- No – me dijiste con tranquilidad, más con tu cabeza que con tu voz, aunque con firmeza-.

Te observé durante unos instantes, buscando un cambio sutil en tu expresión, una señal de dolor o de tristeza en tus ojos… Pero no fui capaz de ver nada.

- Entonces por qué llorabas así?
- Por que me parece muy triste.

No volví a insistir, aunque pensé, como tantas otras veces, que nos duelen las cosas que nos son cercanas, y que con frecuencia lloramos por aquello que hemos sufrido o que conocemos bien. Pero si es cierto que tú has llegado a vivir algo parecido, o lo has visto en alguien a quién querías, no me lo dirás. Al menos, no por el momento.

A mi, aquel momento del libro me pareció muy, muy triste. Pero yo no sentí la necesidad de llorar.

Durante las siguientes horas estuvimos hablando sobre nuestras familias, sobre las complicadas relaciones que los dos tenemos con ellas, sobre nuestros padres, y sobre otras cosas… Y volvimos a la normalidad.

Con la última luz de la tarde salimos para ir a casa a cambiarnos, porque ésta noche si salíamos de verdad. Íba a llevarte a una clase de salsa, cosa que no me habría perdido ni en un millón de años… Tener la oportunidad de bailar contigo (no eres consciente del ritmo que tienes, cabrón, y se te da bien. Aprendes muy rápido) pegadita pegadita…Ummmm!

La clase de salsa –en un pub- fue divertida, buenísima. Tal vez demasiado. Reímos muchísimo, tú pasaste más vergüenza que la otra vez (esta era nuestra segunda vez), e incluso te animaste a bailar un rato conmigo al terminar, en vez de apoltronarte en la barra a mirar a la gente, como haces algunas veces.

Era tan bueno que no podía durar. Estábamos bailando, después de terminar. Yo me sentía feliz, pletórica, porque te había visto relajado y pegado a mi, tanto como para dejarme sentir todo tu cuerpo unido al mío mientras bailábamos. Madre mía, con qué poco me conformo, no? Parezco una niña disfrutando con un caramelo… Jajaja!

Incluso había hecho un esfuerzo para que no me molestara saber que habías ido antes a algún local con tus amigas, en Roma, y que te apetecía aprender porque te avergonzaba no saber bailar bien. Durante un fugaz instante me pregunté hasta qué punto estabas allí por disfrutar conmigo o por aprender para disfrutarlo con alguna de ellas, pero no quise darle espacio en mi cabecita.

Allí estábamos, bailando. Y yo, feliz como una niña, lo prometo.

Encontes te miro, te sonrío, y tú me sueltas de repente -con una sonrisa, pero con poquísima vista-:

- Qué? Qué pasa, es que solo te puedo mirar a ti?
- Pero a qué viene eso? No, por supuesto, puedes mirar a quién te de la gana –dije, esforzándome para que mi cara no reflejara lo mal que me había sentado aquello-.

Pasé el resto de la noche como una adolescente cabreada, sonriéndole con cara falsa y destripando con la mirada a todos los tíos del local, aunque no me interesaban en absoluto. A pesar de todo, a última hora fui capaz de decirte cuanto me había molestado aquel comentario:

- Sabes, me molestó mucho que me dijeras aquello, porque no era para nada lo que tenía en la cabeza.
- Ya, pero como es algo que me has dicho otras veces…
- Eso fue hace tiempo, y ni de lejos era lo que pensaba decirte. Además, desde entonces tú sueles hacer un esfuerzo para no hacerme sentir desplazada. Por qué debería decirte nada?
- Es que si yo fuera tu novio sería lo normal, no? Que sólo te mirase a tí... Pero no lo soy, así que lo normal es que pueda mirar a mi alrededor.

Ya estamos con el comentario del novio! Va por la tercera o la cuarta vez desde el año pasado. “Ya lo sé, idiota, tengo claro que, aunque me joda, no soy nada tuyo” me habría gustado decirte…

Este es un viejo tema de conversación entre nosotros. ¿Qué pasa si tú –chica- sales con un amigo- chico- de marcha y no tienes intención de ligar porque ya tienes pareja? (Y total , él tampoco va a ir más allá de mirar, porque es un marmolito).

Pues que, como con cualquier otro amigo, miras a tu alrededor, pero tratas de pasar la mayor parte del tiempo con él, no? Más que nada porque siendo mujer, si estás con un tío (el resto del mundo dará por hecho que es tu pareja) y miras a otros, quedas como el culo, no?. Da igual que el chico en cuestión te guste o no, que la tía que está al lado se lo esté comiendo con los ojos y que tú estés quedando como la “novia gilipollas”. Esa es otra historia y los celos ya te los comerás tú solita…

En fin, al final la noche acabo estropeándose, porque aquello me molestó infinitamente. Eso si, estuve coqueteando con un chico más mono….!

Aggg… Magro consuelo para mí.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Dos son compañía (II)

Dos.

No recuerdo en qué momento, ni como, pero soy consciente de que ninguno de los dos llegó siquiera a darse una ducha. Nos dejamos caer sobre las camas, y antes de que pudiera darme cuenta estábamos abrazados. Probablemente fue como siempre: tú te acercarías peligrosamente a mí con tu cara de niño bueno, sonriéndome. Pondrías tu mano cerca de la mía, y yo respondería colocando la mía sobre la tuya.

No salimos del hotel esa noche. Permanecimos tumbados, acariciándonos, abrazados, hasta las tres de la madrugada. En ésta ocasión no todas las caricias fueron mías, aunque las tuyas -como siempre-, se volcaron en mi pelo, en mis brazos, en mis manos, en mi costado, en mi espalda desnuda... Sin llegar a detenerse en ningún lugar prohibido.

Aprendí de memoria cada rincón de tu pecho, de tu vientre, de tus pezones, pequeños y oscuros,a los que provoqué, traviesa, una y mil veces. Jugué con el elástico de tu slip, siguiendo con mis manos la línea tan claramente definida por él en tu cuerpo... Hasta introducir con timidez y suavidad las yemas de mis dedos, sin atreverme a nada más. Cuando finalmente pensé que te habías rendido, y que me permitirías avanzar con mis caricias, colocaste tu mano suavemente sobre tu cuerpo, a modo de barrera. De nuevo, no tuve la oportunidad de ser yo quién decidiera o no hacerlo.

Incluso en aquel momento me habría parecido extraño por tu parte, y atrevido por la mía. ¿No me besas, pero me dejas meterte la mano en el pantalón?

También me pregunto si yo habría sido capaz de hacerlo. Pero no lo sé, la verdad.

Madre mía, que frustrante resulta todo esto...

Una vez cerradas las puertas del cielo -si, otra vez más-, volví a plantearte algunas preguntas, a las que diste las mismas respuestas de siempre, entretejidas en la insoportable longevidad de tus silencios:

- ¿Cuándo fue que sentiste algo por mi?
- Da igual. Ahora ya no importa.
- A mi si me importa (de todas formas dejé de insistir, sabía que no me responderías).
- Ya me has hecho saber que te parezco una mujer hermosa, atractiva. ¿Por qué no deseas besarme? (ya lo sé, parezco masoquista, pero esto me surgió de nuevo, de forma impulsiva, después de que nos acariciáramos durante horas)
... Silencio...
- ¿Por qué crees tú que no lo hago?

En ese momento fui incapaz de decir lo que realmente pensaba (que tienes miedo), y como buena idiota, solté la respuesta que precisamente no quería oír, esperando a que tú la negaras.

- ¿Por que no me deseas?.

Después de otro silencio eterno, y de más abrazos y caricias contenidas, me preguntaste:

- ¿No quieres que salgamos ésta noche?

Yo me callé las ganas de gritar que no, que deseaba quedarme allí, en la cama, disfrutando del tacto de tu cuerpo y de tus brazos, de tus manos... Pero fueron otras palabras las que, encadenadas a una sonrisa, salieron de mi boca:

- Claro. En cuanto me respondas nos iremos.

A pesar de todo, estaba cansada de tanto silencio y de tanta espera, así que una parte importante de mi deseaba que la tortura terminara rápido, que respondieras y pudiéramos salir a dar una vuelta. Pero ya sabes lo terca que soy, ¿no?

Volví a lanzarte la pregunta, exigiéndote una respuesta. Hizo falta más tiempo para que me respondieras en un susurro...

- Ya lo has dicho tú.
- ¿Qué? ¿Que no me deseas...?
¿Y si no me deseas por qué me acaricias así, por qué estás aquí conmigo? Yo jamás permitiría a un amigo por el que no sintiese algo que me tocara como yo te toco. Jamás me metería en una cama con un amigo, jamás le acariciaría y le daría pie a sentir lo que tú me haces sentir si no estuviera loca por él. ¿Un amigo te deja que le acaricies las nalgas, que te deleites acariciando con tu lengua y con tus labios su cuello, su rostro, su oído... si no siente nada por ti? Perdona, pero un simple amigo que no siente nada no hace lo que haces tú, no me toca como me tocas tú.

En ese momento me sentía enfadada, y me incorporé para sentarme en la cama, alejada de ti. Permanecíamos a oscuras y solo vislumbraba tu silueta. También tú te incorporaste, y sin darme tiempo, me lanzaste una pregunta con la absurda ingenuidad que solo los niños poseen, y con un eco de dolor y de impotencia en tu voz:

- ¿Entonces esto quiere decir que no podré tocarte más así, que no podré estar así más contigo?

Primero, la sorpresa. Luego, un ramalazo de miedo y cobardía subió por mi espalda. ¿Cómo iba yo a poder renunciar a eso?? Me estabas diciendo que necesitabas esas caricias, que las querías aunque llegasen siempre a ese límite tan definido... De esa forma conseguiste lo que deseabas, que yo cambiara de tema dejándote claro que si, que dejaría que me tocaras hasta donde tú quisieras llegar.

- ¿Tal vez piensas en otra persona mientras me acaricias, o cuando te dejas acariciar? Pregunté...
- No, no pienso en nadie más –respondiste con claridad, sin dudas-.

...

viernes, 4 de septiembre de 2009

Dos son compañía (I)

Paradójicamente...Uno

Me pasé por el aeropuerto a recogerte a las cuatro de una calurosa tarde de agosto. Fue una media jornada tranquila, divertida e intensa. Playa, cine y marcha por la noche –todo lo que sabía que tú querías hacer-.

Al día siguiente salimos para pasar un par de días en un pueblo de costa muy animado, con una vida nocturna fantástica. Te había hablado en varias ocasiones de él, aunque en ésta, concretamente, te había dicho que no podía ser porque yo no tenía dinero para el hotel. Me respondiste inmediatamente con un e-mail con el alojamiento ya elegido, y una simple nota que decía: “de la reserva me encargo yo. Qué te parece?”.

De nuevo, interpreté tu gesto como una señal de interés por estar conmigo, por pasar una noche juntos, y no como un simple deseo de conocer sitios nuevos y salir de marcha.

A pesar de la vergüenza que me provocaba el hecho de que volvieras a invitarme, acepté, porque esta pequeña escapada suponía dormir una noche a tu lado, en la misma habitación.

Salimos a media mañana, llegamos al pueblo y buscamos el hotel y un sitio para comer al que yo deseaba llevarte. Durante el almuerzo me enseñaste algunas fotos, y un vídeo de la salida que habías hecho la noche antes de llegar -en Roma- con algunas de tus amigas. Habíais tropezado, sin esperarlo, con un espectáculo de música y fuegos artificiales magnífico en Piazza di Spagna, así que traté de controlar la envidia y los celos que me corroían, por no haber estado allí contigo, y te mostré la mejor de mis sonrisas.

Pero en el fondo, me jodía que Gabriella y las demás hubieran querido quedar contigo para despedirse antes de que vinieras a buscarme.

Tampoco dejaba de pensar en el hecho de que ellas se marchaban a Sicilia, y de que habían querido que tú también fueses.

Antes de comer seguimos viendo más fotos, mientras esperábamos a que alguien dejara una mesa libre. Aproveché para preguntarte por tu familia, y tú, por primera vez en ocho años, me mostraste una imagen de tu hermano mellizo. Tenía tantas ganas de verle, de saber hasta qué punto se parecía a ti... Me habías dicho en más de una ocasión que él era “el guapo” de los dos, y yo había aprovechado para dejar caer con una sonrisa un “pues si él es el guapo y no tú, será para verlo, no?”. Le miré detenidamente durante unos minutos, llena de curiosidad y de satisfacción, dándome cuenta de lo diferentes que erais, y buscando, al mismo tiempo, todos los pequeños rasgos que compartíais: un cierto aire familiar, los ojos, la nariz, la forma de la mandíbula... En ese momento tuve, de nuevo, claro, quién de los dos era el más guapo, y quién el atractivo. Y así te lo dije:

- No estoy de acuerdo contigo, tú eres más guapo que tu hermano.
- No, él es más guapo que yo, siempre lo ha sido.
- No opino lo mismo (pero ni de lejos!)
- Las chicas siempre le han mirado a él cuando íbamos juntos por la calle.
- Claro, eso es porque él es seguro de sí mismo y resuelto.
- Que no, que no tiene nada que ver con eso. Incluso estando en el autobús, por ejemplo, sin que estuviéramos hablando. Podía acercarse una chica y comenzar a hablar con él.
- Ya, pero eso es porque una persona que se sabe atractiva lo dice todo con la postura corporal, con la mirada, y a las mujeres nos llaman la atención los hombres así. Tú eres el tímido, y también lo dices todo con tu cuerpo, sin abrir la boca.
- No tiene nada que ver con eso, de verdad.
- Pues claro que si –respondí con una sonrisa-.

En ese momento volví a ver la falta de autoestima que hay en ti, y tu inseguridad, que te llevaban a querer ver solo la razón más obvia: tu hermano tenía más éxito con las mujeres porque era, en tu opinión, más atractivo físicamente, y no porque tuviese la suficiente cara dura y la seguridad necesarias para saber mirar y atraer a una mujer sin abrir la boca. Pero decidí no insistir más.

Al terminar permanecimos sentados en el mismo sitio, durante casi un par de horas más. Era un local agradable, junto al mar, y la mesa en la que estábamos se encontraba cerca de unos escollos, a pocos pasos de la orilla.

Fue un rato de confidencias –como siempre, más por mi parte que por la tuya-, un rato de reflexión y de dudas, en el que traté de decirte una cosa que solté en mi cabecita mil veces en silencio, pero que, finalmente, no fui capaz de articular con palabras.

Durante unas horas sentí un bloqueo parecido al que veo en ti; mi boca trataba de moverse para emitir un sonido, pero mi garganta se negaba a darle forma al aire que salía. Y dolía... Y todo, para formular un simple “Sabes? Si tú me hubieras respondido otra cosa en Francia Fabio no vendría a este viaje”. Pero aún no te había dicho nada al respecto y la cobardía me pudo.

Nos marchamos de allí cerca de las siete, y nos dirigimos hacia la playa para descansar un rato, aprovechando las últimas horas de sol. Con el último fragmento de luz nos levantamos y volvimos a nuestro hotel para ducharnos, cambiarnos y salir disparados. Nos esperaba una larga noche de marcha.

Para eso habíamos venido, ¿no?

...

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Fuck you (very much)...

... Es el título del nuevo sencillo del último cd de Lilly Allen (It´s not me, it´s you).

Una canción fresca, divertida e irreverente, como la "enfant terrible" que la interpreta.

Y el mensaje, contundente y directo, para enviarlo a alguno de vez en cuando, no os parece?

;-)

"Fuck you, fuck you very very muuuuuch..."


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lunes, 31 de agosto de 2009

Me fui

...Por eso me fui
pa´echarte de menos,
me fui
pa´ volver de nuevo.
Por eso me fui,
pa´ estar sola,
me fui
pa´ volver
a hacerlo de nuevo otra vez...


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sábado, 15 de agosto de 2009

Mi tío Paco


Buenos días...!!

Hoy he decidido dejaros un cortometraje que vi en su día en un festival, entre tantos otros que me han hecho reír un ratito. Pero esta vez toca con "atmósfera veraniega", que para eso es la época.

Desde luego, la ambientación es genuina. Mientras lo veía casi podía imaginarme, sentir y hasta oler el aroma del mar de mi niñez.

Es como volver atrás en el tiempo durante un ratito. ¿Y qué me decís del bañador, del corte de pelo y del bigote y las patillas del tío Paco?

Al niño... Pa´matarlo!!! Y la música, qué me decís de la música?

Espero que podáis echar unas buenas risas, o por lo menos sonreír durante unos minutos.

Si puedo, volveré en un par de días a dejaros otra cosa que hace tiempo que deseaba colgar por aquí, antes de salir de nuevo de viaje.

Por si acaso no pudiera, os mando un abrazo enorme!!!!! En cualquier caso, hasta muy prontito!

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