domingo, 6 de septiembre de 2009

Dos son compañía (III)


Tres.

Durante el rato que siguió acabamos retomando las caricias, y tú acercaste tu rostro al mío. Como tantas otras veces, pensé que por fin ibas a besarme... Cuando quise darme cuenta tus labios estaban dolorosamente cerca de los míos, sobre ellos, levemente separados tan solo por la suave longitud de tu barba, por un par de milímetros. De ahí al cielo... O al infierno.

Pero no pasó nada más. Nos quedamos así durante un rato eterno, infinito, silencioso salvo por el batir de mi sangre, que me perforaba los oídos. Finalmente fui capaz de mover mi boca con suavidad, ansiosa por sentir el roce de la tuya. Fue un contacto rápido, fugaz, interrumpido por el movimiento de tu cabeza al apartarse. Y el maldito silencio.

Y de nuevo, tu particular coreografía. Lo recuerdo con una nitidez lacerante: acercas tu boca a mi mejilla, lo suficiente como para hacerme creer que es un modo de intentar vencer algo y besarme, pero permaneces cerca, demasíado cerca, sin hacer nada más. En esta ocasión no intento nada, y me limito a disfrutar de tu cercanía.

A menudo pienso en las razones por las que haces –y has vuelto a hacerlo- eso tantas veces. Ese aparente acercamiento -que en cualquier otro hombre sería evidente, para besarme-... Colocar tu mejilla, tus labios quietos sobre mi hombro. Levantar la cabeza una y otra vez, aproximarte y alejarte infinidad de veces, para ir subiendo gradualmente con tu rostro hasta acercarlo al mío, mejilla con mejilla. Y luego, nada.

Tan solo un recordatorio infinito del recorrido que yo misma hice para dar mi primer beso.

Me pregunto por tus razones... Me pregunto si en realidad lo deseas y algo tremendo te frena, me pregunto si lo haces en un intento infructuoso de darme a mi lo que necesito aunque no sea lo que tú quieras, me pregunto si lo bloqueas porque yo estoy cerca, pero al mismo tiempo lejos de ti, me pregunto si en realidad es el último propósito que tienes en mente... Me pregunto si, ciertamente, es posible que puedas buscar y desear tanta intimidad conmigo, que puedas llegar a temblar como un niño cuando te abrazo, y que puedas realmente no desearme.

En realidad, me sigo preguntando tantas cosas...

Antes de que nos durmiéramos encontré por fin valor para decirte lo de Fabio:

- Al final viene Fabio al viaje. No era seguro, pero ya está confirmado.
- Yo ya sabía que era posible que viniera –comentaste, en tono tranquilo-
- ¿Habrías decidido no venir si lo hubieras sabido con seguridad antes?
- Es igual, no tiene importancia.

No volvía a insistir con nada más esa noche. Estaba cansada y deseaba dormir. Permanecimos abrazados en una de las camas, hasta que se hizo de día, pero creo que ninguno de los dos durmió demasiado.
Posiblemente, y siendo jocosa (lo digo con una sonrisa en la cara), también contribuyera el hecho de que fuese una cama de 70. Hay que ser masoquista, en todos los sentidos...

Al día siguiente apuramos en el hotel hasta última hora. Dimos una vuelta por el pueblecito –te apetecía verlo-, y salimos para almorzar en algún lugar, junto a la playa. Allí, y durante el largo recorrido en coche te hablé de mi problema con el tema médico. Nos conocemos desde hace mucho, y sé como funcionas. Pero a veces me sigue asombrando esa capacidad tuya para no preguntar por las cosas, aunque tengas muchísimo interés en ellas.

- ¿Sabes? Cuando nos vimos en el otro viaje esperé a que en algún momento me preguntaras cómo estoy, pero debo ser sincera y admitir que no me sorprendió que no lo hicieras.
- No me gusta preguntar sobre ciertas cosas, prefiero que sea la otra persona quién saque el tema si es algo que puede hacerle daño.
- Ya, pero no puedes esperar a que yo te diga “sabes, me siento mal. Por qué no me preguntas como estoy?
- A muchas personas no les gusta hablar sobre ello, y podrían sentirse mal al sacar el tema. A mi no me gusta la idea de que la otra persona lo pase mal o se sienta incómoda por mi culpa.
- Ya, pero la “otra persona” siempre tiene la posibilidad, si preguntas con discreción y cortesía, de cambiar de tema y decirte que no desea hablar, no?. Lo que no puedes es dejar que un amigo piense que no te interesas por él/ella. Si yo no te conociera, pensaría que no te importo.
- Yo no lo veo así.

Madre mía, qué marmolito!. No hay manera, confundes los límites y mezclas la idea de “invadir el espacio personal del otro” con la de “hacer una pregunta de cortesía, tantear al otro para ver como está y ver si desea hablar del tema”. Pero claro, con tan pocas estrategias en el bolsillo no me extraña que decidas callar.

Durante el trayecto en coche decidí contarte lo que me sucedía. Era un tema muy personal, muy privado, y aún hoy me planteo si hice bien, por lo que implica. Tú me escuchaste atento, e incluso tuve la impresión, como otras veces, de que en algún momento te sentías verdaderamente triste por mí. Escuchaste en silencio, con respeto y con atención, y me dijiste que te alegrabas de que te lo hubiera contado, que “no debía arrepentirme”.

Sé que en el fondo te lo conté porque necesitaba hacerte saber algo que se había quedado a medio decir en junio.

Finalmente llegamos a nuestro destino y encontramos un restaurante para comer a la orilla del mar. Para mi sorpresa, transcurridos diez minutos, aparecieron un grupo de italianas (de las típicas, todas monísimas, con veintipocos) que se sentaron a mi espalda, de frente a ti. Madre mía, como de idiotas nos volvemos a veces las mujeres! Os resulta tan fácil ponernos verdes de celos! Da igual lo inteligentes, maduras o libres que seamos. Todas, antes o después, caemos.

Así que pasamos la comida aparentemente tranquilos; tú, atento a la conversación de las chicas de tarde en tarde, y yo, para no ser menos, atenta a la conversación de la familia que tenía enfrente, mientras me preguntaba: “hay que joderse, ya es mala suerte. Mirar que ir a sentarse precisamente una panda de italianas… Seguro que alguna te ha gustado”.

Creo que esta claro quién salía perdiendo con las vistas, no?

Finalmente, después de un par de horas, nos levantamos para acercarnos a la playa, y a ti no se te ocurrió otra broma que hacerme, que mirar hacia ellas y decirme “ohhh, ya nos vamos? Qué pena!”. En ese momento te habría asesinado. Después de lo que había pasado la noche anterior, después de lo que te había contado esa mañana, después de haberte dicho que siento celos hasta de tu sombra me haces una broma así???

Pero nada, yo sonreí –como nos han enseñado a hacer a las mujeres- y te dije “bueno, si quieres puedes quedarte tú, claro”.

Al llegar a la playa yo me fui de cabeza al agua, y tú te quedaste a la sombra, tendido. Cuando tuve la certeza de que estabas dormido cogí mis cosas y volví a la terraza del bar, para tomarme algo y leer un rato. En esta ocasión fui yo la que se divirtió un poco, observando desde la distancia como te despertabas -pasado un rato- y me buscabas, probablemente acojonado al ver que mi bolso y yo habíamos desaparecido.

Finalmente acabaste por divisarme en la distancia –si te hubiera visto realmente preocupado te habría avisado. Llevaba las gafas de sol puestas y fingí que estaba leyendo y no te veía- y te quedaste tranquilo. Cuando volví, a los diez minutos, tú también leías tu libro.

- Ah, ya te has despertado! –dije yo, con la mejor de mis sonrisas-
- Si, hace un rato.
- Me fui para tomarme algo, y como estabas dormido, no quise despertarte. De todas formas, pensé que volvería antes de que espabilaras. Espero que no te hayas preocupado…

El resto de esa tarde, en la playa, fue un poco extraño (aunque a éstas alturas os preguntaréis: pues no es ninguna novedad entre vosotros, no?). Te pedí que me leyeras un fragmento de un libro, en italiano, que tú mismo me habías regalado en Francia. Me apetecía escucharte -tienes una voz agradable-, y quería volver a la normalidad, sin malos rollos.

En el libro se narra un episodio bastante duro, en el que uno de los protagonistas, siendo un niño, es violado por otro. Cuando me di cuenta de que te estabas acercando a esa escena, consciente de lo triste que es (he visto la película), te pedí que lo dejaras.

Me diste las gracias, te tumbaste en la toalla, boca abajo, y , para mi sorpresa, observé que empezabas a llorar, en silencio, con la cara oculta bajo una de tus manos.

Te miré durante un rato, y cuando encontré el ánimo suficiente para hacerlo te pregunté, con dulzura:

- Qué te sucede? Estás bien? Por qué lloras…?

Me miraste, de nuevo en silencio, y volviste a esconder rápidamente el rostro.

Cuando pasado un rato te incorporarte de nuevo, más sereno, te pregunté algo que me he preguntado a mi misma mil veces, mientras apoyaba suavemente mi mano en una de tus mejillas:

- Es que a ti te sucedió algo parecido alguna vez? Es por eso por lo que lloras?
- No – me dijiste con tranquilidad, más con tu cabeza que con tu voz, aunque con firmeza-.

Te observé durante unos instantes, buscando un cambio sutil en tu expresión, una señal de dolor o de tristeza en tus ojos… Pero no fui capaz de ver nada.

- Entonces por qué llorabas así?
- Por que me parece muy triste.

No volví a insistir, aunque pensé, como tantas otras veces, que nos duelen las cosas que nos son cercanas, y que con frecuencia lloramos por aquello que hemos sufrido o que conocemos bien. Pero si es cierto que tú has llegado a vivir algo parecido, o lo has visto en alguien a quién querías, no me lo dirás. Al menos, no por el momento.

A mi, aquel momento del libro me pareció muy, muy triste. Pero yo no sentí la necesidad de llorar.

Durante las siguientes horas estuvimos hablando sobre nuestras familias, sobre las complicadas relaciones que los dos tenemos con ellas, sobre nuestros padres, y sobre otras cosas… Y volvimos a la normalidad.

Con la última luz de la tarde salimos para ir a casa a cambiarnos, porque ésta noche si salíamos de verdad. Íba a llevarte a una clase de salsa, cosa que no me habría perdido ni en un millón de años… Tener la oportunidad de bailar contigo (no eres consciente del ritmo que tienes, cabrón, y se te da bien. Aprendes muy rápido) pegadita pegadita…Ummmm!

La clase de salsa –en un pub- fue divertida, buenísima. Tal vez demasiado. Reímos muchísimo, tú pasaste más vergüenza que la otra vez (esta era nuestra segunda vez), e incluso te animaste a bailar un rato conmigo al terminar, en vez de apoltronarte en la barra a mirar a la gente, como haces algunas veces.

Era tan bueno que no podía durar. Estábamos bailando, después de terminar. Yo me sentía feliz, pletórica, porque te había visto relajado y pegado a mi, tanto como para dejarme sentir todo tu cuerpo unido al mío mientras bailábamos. Madre mía, con qué poco me conformo, no? Parezco una niña disfrutando con un caramelo… Jajaja!

Incluso había hecho un esfuerzo para que no me molestara saber que habías ido antes a algún local con tus amigas, en Roma, y que te apetecía aprender porque te avergonzaba no saber bailar bien. Durante un fugaz instante me pregunté hasta qué punto estabas allí por disfrutar conmigo o por aprender para disfrutarlo con alguna de ellas, pero no quise darle espacio en mi cabecita.

Allí estábamos, bailando. Y yo, feliz como una niña, lo prometo.

Encontes te miro, te sonrío, y tú me sueltas de repente -con una sonrisa, pero con poquísima vista-:

- Qué? Qué pasa, es que solo te puedo mirar a ti?
- Pero a qué viene eso? No, por supuesto, puedes mirar a quién te de la gana –dije, esforzándome para que mi cara no reflejara lo mal que me había sentado aquello-.

Pasé el resto de la noche como una adolescente cabreada, sonriéndole con cara falsa y destripando con la mirada a todos los tíos del local, aunque no me interesaban en absoluto. A pesar de todo, a última hora fui capaz de decirte cuanto me había molestado aquel comentario:

- Sabes, me molestó mucho que me dijeras aquello, porque no era para nada lo que tenía en la cabeza.
- Ya, pero como es algo que me has dicho otras veces…
- Eso fue hace tiempo, y ni de lejos era lo que pensaba decirte. Además, desde entonces tú sueles hacer un esfuerzo para no hacerme sentir desplazada. Por qué debería decirte nada?
- Es que si yo fuera tu novio sería lo normal, no? Que sólo te mirase a tí... Pero no lo soy, así que lo normal es que pueda mirar a mi alrededor.

Ya estamos con el comentario del novio! Va por la tercera o la cuarta vez desde el año pasado. “Ya lo sé, idiota, tengo claro que, aunque me joda, no soy nada tuyo” me habría gustado decirte…

Este es un viejo tema de conversación entre nosotros. ¿Qué pasa si tú –chica- sales con un amigo- chico- de marcha y no tienes intención de ligar porque ya tienes pareja? (Y total , él tampoco va a ir más allá de mirar, porque es un marmolito).

Pues que, como con cualquier otro amigo, miras a tu alrededor, pero tratas de pasar la mayor parte del tiempo con él, no? Más que nada porque siendo mujer, si estás con un tío (el resto del mundo dará por hecho que es tu pareja) y miras a otros, quedas como el culo, no?. Da igual que el chico en cuestión te guste o no, que la tía que está al lado se lo esté comiendo con los ojos y que tú estés quedando como la “novia gilipollas”. Esa es otra historia y los celos ya te los comerás tú solita…

En fin, al final la noche acabo estropeándose, porque aquello me molestó infinitamente. Eso si, estuve coqueteando con un chico más mono….!

Aggg… Magro consuelo para mí.

3 comentarios:

Serena dijo...

Jajajaja...

Sinceramente? Creo que se trata de un tema de "educación/gentileza/caballerosidad". Y no es por ponernos en plan "sumiso", ejem, ejem... Vayas con quien vayas, si es un tío, hay cosas que no debería hacer. O sea... póngase por caso, si tú vas aunque sea a la compra con tu hermano, tu padre o el vecino del quinto, ¿te sería agradable que se le fueran los ojos detrás de la reponedora?? A mí eso me parece de tan mal gusto... Lo siento.

E igualmente eso se aplica a que tú no te comas con los ojos (ni se te abra la boca con el labio caído) al cajero.

Distinto es si van dos tíos o dos tías y se hacen gestos, e incluso comentarios, sobre... la sonrisa tan tierna del camarero...

Pero!!! Jajaja, es verdad... no hay como un grupo de chicas riéndose y haciendo un poquillo el tonto como para que cualquier tío se quede bobo mirando... ¿qué le vamos a hacer?

mAlicia dijo...

Soy consciente de que, durante mucho tiempo,yo recurrí a eso para hacer más llevaderas las salidas de marcha con él. Cuando estábamos juntos, con frecuencia, se comportaba como si fuéramos dos tíos, con muy poco contacto visual entre nosotros, así que yo fingía que no me importaba que mirarse alrededor y hacía lo propio. Y si, soy consciente de que él mira, pero es discreto, mientras que yo lo hacía con total descaro (aunque fuese fingido pq ningún tío me interesaba). Pero hace un año se firmó la tregua, y yo no he vuelto a fingir que miraba a otros hasta ahora.

Cada vez que salíamos me iba jodiendo más, pq me hacía tener la sensación de que parecíamos dos colegas (tíos), en vez de un hombre y una mujer. Y cuando dos amigos de distinto sexo salen juntos, la gente suele dar por hecho que son pareja. Y eso es lo que he tratado de hacerle entender siempre, que era una falta de respeto hacia mí. Pero nada, él no lo ve así. Hace el esfuerzo para evitar que yo me sienta mal, no pq comprenda mis razones.

Eso si, cuando me hartaba de bailar y me sentaba en un taburete bien que le jodía, y bien que buscaba entonces mi atención para que me levantara.

En fin, volvemos a lo de siempre. Tiene pocas habilidades sociales, y me imagino que el hecho de mirar alrededor y no mantener un contacto visual -y corporal, de frente- durante todo el rato le facilitaba mantener una cierta distancia con respecto a mi.

Porque cuando no lo hizo así, en junio, cuando nos aproximamos demasiado, cuando me sujetó la cintura y acabamos abrazados las distancia entre nosotros se hizo demasiado corta. Y creo que le gustó demasiado...

No sabe lo que quiere. O lo sabe, pero está cagado. Y nos traemos un jueguecito tan extraño! Cuantas veces estamos juntos, también en un pub o en cualquier sitio, y actuamos, nos miramos, jugamos y nos tocamos como una pareja...! Cuantas veces tú mismo me has dicho: es normal que la gente piense que somos pareja, es lo que parece... Como si disfrutaras realmente al pensarlo. Tal vez sea una forma de convencerte de que llevas una vida corriente, de que tienes una chica al lado, de hacer creer a los demás que tienes una pareja pq eso te hace normal.

Es como si tuviéramos una relación de pareja en todos los sentidos, menos en el sexual. Aunque el hecho de que haya o no sexo entre nosotros es también discutible, no? y más despúes de lo último que me has dicho...

En cualquier caso me dolió aquel comentario, aquella necesidad de protegerte, y de dejarme claro que no es mi pareja, y que, por lo tanto, puede hacer lo que le de la gana.

La psicología, cuando se trata de él, se me va por el fregadero...

Ya sé que he escrito en segunda y en tercera persona, pero no he podido evitarlo. En cierto modo, y auqnue no vaya a leerlo, también le respondo a él.

Serena dijo...

Se me ha borrado lo que había puesto...

En fin, me metía contigo porque sí, sí, tú serás muy consciente de escribir en dos personas diferentes. Pero eso se avisa, porque una pobre inocente estaba leyendo eso y ha dicho: "coño, si yo no he sido!!!"

Tú escribe como quieras, pero... ¿podrías manentenerlo por frases?

Y eso, te decía tb que si yo voy con un amigo y se dedica a eso, pensaría: "Menudo salido, chaval!!". Me haría sentir terriblemente incómoda y haría como si no lo conociera de nada.

Pos eso...