martes, 8 de septiembre de 2009

... Tres son multitud (I)


Uno.

Qué puedo decir de éste viaje “a tres bandas”?

Ha sido particular, muy particular. Mi balance ha sido positivo, pero he vivido algunos momentos que más valdría guardar en el cajón de los desastres.

¿Podéis imaginar, si habéis seguido mi historia con detalle, lo que podía suponer mezclar en el mismo viaje -durante 11 días- a Fabio y a Mattia? Será que me gusta el peligro... Fiuuuuuu!

No sé por donde empezar, la verdad. Digamos, que todo se ha movido, durante la mayor parte del tiempo, dentro de una aparente normalidad. Yo me he dejado parte del hígado (un buen cacho, si señor!) tratando de complacer a todo el mundo y de prestar la suficiente atención a cada miembro del grupo.

La mezcla, cuanto menos, y para quién no conozca la historia, era un poco curiosa:

• Fabio, una persona maravillosa con la que estoy desde hace 13 años y que me quiere con locura. Alias “el eterno estudiante”.
• Mattia, mi supuesto mejor amigo, y por el que siento algo demasiado profundo, y desde hace demasiado tiempo. Hasta dónde llega lo que él siente por mi –mucho, pero marcado por una gran confusión y todo un elenco de contradicciones-, sigue siendo un misterio a día de hoy. Alias “el informático esaborío”.
• Celia, mi mejor amiga. Conocedora –y cansadísima- de todos los detalles del triángulo, de lo que siento por Mattia, y de la historia tan “particular” que nos traemos entre ambos. Alias “la amiga harta... y no precisamente vino!”
• La sobrina de Celia (si, al principio chocó un poco saber que nos íbamos de viaje a los Alpes con una niña de 13 años). Alias “la niña los granos”.
• El padre de Celia (la casa a la que íbamos es suya y él estaba allí). Una persona afable y educada, pero siempre pendiente de compartir con otras pobres almas (o sea, nosotros, pringadillos de turno) sus apasionantes temas favoritos: la geología y la religión de antes del concilio no se cuantos, de cuando los cruzados, por lo menos... Alias “el abuelo”.
• Y Yo. ¿Debo presentarme o me conocéis ya un poco?. 34 años, soltera, sociable, autónoma, con síndrome de Peter Pan, una ironía que a veces no controlo y ganas de cambiar mi vida de raíz. Alias “la eterna enamorá masoca”.

Pasamos los dos primeros días de viaje, en coche, recorriendo España y Francia hasta llegar a nuestro destino. El trayecto fue divertido, lleno de risas, música y juegos. Parecíamos una panda de veinteañeros, y la mezcla parecía estar funcionando bien; todos se relacionaban con todos, la niña –preludio de lo que haría durante el resto del viaje- se estaba portando asombrosamente bien, y parecía que solo yo experimentara una cierta tensión, consciente como era del particular triángulo formado por Mattia, por Fabio y por mi.

La estancia en los Alpes tuvo momentos de todas las clases, algunos realmente divertidos, incluso geniales. Recuerdo haber reído muchísimo, haber montado varias guerras de almohadas –algo que no hacía desde que era una adolescente tardía-, haber contado historias de miedo en el silencio de la noche, doblado películas en plan cachondo… (habéis intentado alguna vez hacer el doblaje en plan coña de “Lawrence de Arabia”?) (Pues es un puntazo, sobre todo si se hace versión gay!).

Montamos a caballo (era mi primera vez, así que mejor no os cuento lo que me dolía cuando me bajé, ni la cara de “foto expréss by montaña rusa” que se me quedó galopando a nosecuantos kilómetros por hora agarrá casi con los dientes al caballo. Jajaja!) (Pa´imaginarme, vamos),tiramos con arco, hicimos paseos y excursiones fantásticas por lugares de ensueño, bosques increíbles que parecían sacados de uno de esos cuentos de hadas que leía apretujada en mi cama, siendo una niña… Y luego estaban todos esos pequeños momentos tan especiales, en los que simplemente nos sentábamos alrededor de la mesa, en el jardín, o junto a la chimenea, para charlar sobre cosas insustanciales (borderías las justas, con el abuelo y la niña por allí, qué le íbamos a hacer) o para reír un rato.

Desde la superficie, todo se veía limpio y cristalino, aparentemente.

Yo me pasaba el día atenta a todos, tratando de prestar atención a Fabio, de mostrarme afectuosa y cercana, pero sin perder de vista que Mattia estaba allí. A pesar de que me había dicho que ahora solo me veía como amiga, no había logrado convencerme de que esa fuera verdad con su comportamiento.

Os puedo asegurar que he prestado muchísima atención a ambos. Les observaba cuando estaban juntos, y veía un trato cercano y correcto entre ellos, sin malos rollos ni suspicacias. Pero por momentos sentía que se me iba la vida tratando de estar con los dos, y de lograr una “aparente” normalidad que no era normal…

Si Mattia y yo somos buenos amigos, si tenemos la confianza de haber viajado juntos, de dormir juntos –algo que Fabio conoce perfectamente y en lo que no ve el menor inconveniente-, ¿no era lo “normal” que mi trato hacia él –y viceversa- fuese cercano y afectuoso como siempre?

Pero fue él quién decidió marcar las distancias. Se dejó llevar en momentos concretos, en los que me acariciaba leve y respetuosamente, en los que quiso jugar conmigo –peleando en mitad del bosque -luchando como dos niños-, con ramas a modo de espadas y correteando el uno detrás del otro, porque me había quitado la chaqueta o la gorra y me la había dejado en lo alto de un árbol…- Tuvimos momentos realmente simpáticos, ejemplo de esa complicidad que compartimos, momentos para “picarnos” el uno al otro afectuosamente… Pero transcurridos varios días de estancia las cosas fueron cambiando de forma muy gradual. Mattia cada vez buscaba más momentos para estar a solas, en su habitación, o me rehuía sutilmente cuando me sentaba para charlar con él, evitando quedarse a solas conmigo. Y conforme esa sutil distancia aumentaba, yo me iba sintiendo mal y aumentaba el calibre de las ironías que soltaba dirigidas a él. No podía evitarlo, aquella situación me hacía sufrir.

Los días y las noches se fueron alternando con pequeños momentos de cercanía, y sobre todo de lejanía -aunque sutil- por su parte. Yo no dejaba de preguntarme: “pero si dice que es mi amigo, que ya no siente nada por mi, ¿entonces por qué no actúa como tal y es incapaz de mostrarse cercano y natural como cuando estamos a solas?” (Y no me refiero al hecho de meterse en la cama conmigo, pero si de sentarse a mi lado a charlar un rato). Aimmss...

Incluso llegué a notar que, por debajo de esa fachada de sonrisa amable y cortes que siempre mantiene, en unos pocos momentos –muy concretos- descargaba cierta rabia conmigo que me dejó sorprendida, y dolida. En una de esas ocasiones, yo había sido un poco insistente con una broma –reconozco mea culpa, a veces soy una petarda-…
Estábamos a solas, y, repentinamente, respondió como nunca le había visto. Se levantó, y alzando la voz exclamó: “déjalo ya, vale? No insistas más!” Percibí un claro tono de rabia en su voz, exagerado, fuera de lugar.

Cuando decidí ir a buscarle a su habitación un rato después, para hablar con él y preguntarle por lo que sucedía -y de paso pedirle disculpas por mi insistencia-, me encontré a un extraño. Supuestamente era mi amigo, pero me estaba abriendo la puerta sin dejarme pasar a su habitación, diciéndome que podíamos hablar en el pasillo. Hemos dormido semidesnudos, abrazados, en multitud de ocasiones y ahora.. ¿Ahora me abría la puerta asomando tan solo la cabeza?

Aquello me pareció humillante, y salí disparada, diciéndole que no valía la pena, que lo olvidara.

Al día siguiente tuve que hacer un esfuerzo para aparentar una cierta normalidad, pero la rabia que sentía ante su comportamiento incongruente me controló durante algunas horas y no pude evitar ignorarle. Me decía a mi misma: ¿si somos "solo" amigos, y todos –incluido Fabio-, saben que tenemos confianza, no resulta precisamente extraño que mantengamos tanto las distancias? No parecería eso un síntoma de que, precisamente, nuestro comportamiento no era normal?

Transcurridos un par de días, y de forma impulsiva, aproveché uno de los pocos momentos que compartimos a solas y le pregunté:

- ¿Al final te has sentido incómodo o cortado como esperabas?

Me observó durante un rato, con una mirada neutra que no logré descifrar. Luego bajó la cabeza, pero no me respondió. En ese momento entró alguien a la sala y no volví a insistir sobre el tema.

He pasado todo el viaje pendiente de Fabio y de Mattia, pendiente de no hacer nada que pudiera herir los sentimientos de alguno de los dos, pendiente de no prodigar muestras de afecto físicas exageradas delante de Mattia, pero tratando al mismo tiempo de mantener mi papel como “consorte” perfecta. Complicado, porque la actitud de Mattia era la de apartarse, marcar las distancias, pero al mismo tiempo permanecer lo suficientemente cerca y atento a mi como para delatar que, en realidad, buscaba mi atención y que, en cierto modo me exigía hacer un esfuerzo para estar con él. Y todo a cambio de bien poco.

A pesar de todo, el viaje parecía transcurrir con normalidad. Fabio estaba feliz de estar allí conmigo y con los demás, la niña lo estaba pasando genial, y mi amiga… Mi amiga sé que oscilaba entre los momentos en los que nos encontrábamos todos bien y los momentos en los que era consciente de que pasaba algo entre Mattia y yo.

Durante esos días me sentí un poco impotente, pero no habría podido dedicar más atención a Mattia de la que le ofrecí sin descuidar por completo a Fabio. Y os aseguro, que por momentos, fue mucha, incluso demasiada. Al hacer el balance del viaje he sido consciente de que dediqué mucho más esfuerzo y atención al primero. Quizá por eso me chocó tanto algo que me dijo el último día, antes de regresar a Italia.

El viaje de vuelta también fue agradable, lleno de bromas y de juegos. Durante las visitas anteriores Mattia y yo habíamos adquirido la costumbre de coger una habitación doble para los dos él último día, de forma que yo pudiera acompañarle al aeropuerto en coche (debía embarcar a las 7 de la mañana, como otras veces). En ocasiones ha sido incluso una habitación en la que no hemos dormido, porque hemos llegado a pasar toda la noche de marcha… Y cuando hemos estado juntos ha sido una oportunidad para pasar la noche abrazados, o simplemente cogidos de la mano.

Pero ésta vez fue diferente.

2 comentarios:

Serena dijo...

JAJAJAJAJA... qué puntazo tienes!!

Me lo he imaginado como en las pelis, parando la imagen en cada uno de los personajes durante una escena, y debajo los letrerillos...

¡¡Vaya nombres de guerra!!

La segunda parte... pos... ¿te sorprendió en algún momento que las cosas fueran así? ¿Esperabas algo diferente?

mAlicia dijo...

jaja!

Qué bueno... Hasta con los letrerillos en plan peli muda?

En el fondo me esperaba que estuviera mal, pq no podía ser cierto que aquello no le afectara en absoluto. Pero tal vez esperaba una respuesta más clara, más directa. No tanta sonrisa, tanto fingir "que bien va todo" y luego que saliera al final del viaje, después de "aguantar" como un jabato, por donde salió.

Pero claro, siempre olvido que no tiene ni tendrá huevos pa´luchar por mi. Qué le vamos a hacer!

Un besazo!!!!

P.d. Jose, ya te has vuelto a perder??????? We miss you!!!!!!!